Cuba es una isla preciosa, con increíbles paisajes y recursos naturales; su gente es abierta y agradable, y el clima es cálido y húmedo, genial para unas vacaciones permanentes. Sin embargo todo el mundo sueña con volar lejos. Después de convivir y charlar con innumerables personas durante 10 días, puedo entender perfectamente por qué la gente desea abandonar este país. Razones hay muchas, pero me atrevo a aventurar dos esencialmente: la falta de libertad y el desequilibrio del sistema económico que ha implantado un sistema paternalista y que puede llevar a cualquiera a la desesperación.
Dos monedas, un problema
Existen dos economías paralelas con monedas diferentes, una de ellas valorada 25 veces por encima de la otra. Así, 25 pesos cubanos = 1 peso convertible (CUC) = 0,80 euros. Los CUC empezaron en los años 90 y fue un invento para poder desplazar al dólar y quedarse con las divisas que entraban por parte de los cubanos desplazados mayoritariamente ubicados en USA. Cabe decir que es un sistema que se sostiene únicamente por el miedo perenne a protestar y a la resignación histórica de la gente del pueblo, y que solamente beneficia a los deshonestos, listillos y espabilados. Sin embargo, actualmente, listo y espabilado lo es todo el mundo, porque si optas por ser una persona íntegra y trabajar recibiendo un salario medio o “alto“, te mueres directamente de hambre ya que prácticamente todo en el país se vende en CUC. Y es que el salario medio de un trabajador o trabajadora cubana es de 400 pesos cubanos o, lo que es lo mismo, de 14 euros.
Desabastecimiento
Escasean los productos básicos (huevos, patatas, mantequilla…), que, en caso de existir, solamente puedes adquirirlos a precios elevados y en CUC. La famosa cartilla de abastecimiento existe. Cuando la ponen ante mis ojos me parece un souvenir antiguo que podría haber encontrado en cualquier museo. La carátula, una funda de plástico que sostiene una cartulina azul ajada, reza con una tipografía de palo estrecha y en mayúsculas: “Control de productos alimenticios“. El interior, más nuevo, indica el número de personas que hay en la casa y, a través de unas casillas en blanco, se controlan las cantidades de alimentos básicos que esa familia tiene derecho a consumir: 6 huevos por persona al mes, 750 ml de aceite, 2 kg de arroz, 2 de azúcar blanco, 2 de azúcar moreno (¿para qué tanto azúcar?), un par de paquetes de café, algo de sal y medio pollo. Medio pollo al mes para dos personas previo pago de un par de pesos en moneda nacional. Los cigarros puros, pese a estar en la lista, ya no los distribuyen. Y si deseas ampliar tu despensa y te urge buscar ingredientes por tu cuenta, resulta que no hay. Las tiendas están totalmente desabastecidas. Los estantes vacíos y los dependientes con cara de hastío. Necesitamos salsa de tomate. Nos acercamos a una tienda. Entre las estanterías desiertas distingo un montón de latas acumuladas en una de ellas. Bingo, las hemos encontrado, pero al acercarnos observamos que se trata de mermelada de guayaba. Kilos de mermelada de guayaba por 2 pesos cubanos y ni rastro del ansiado tomate. En un rincón hacia la izquierda se exponen 10 botellas de cerveza Bucanero a 20 pesos cada una. Recordemos que el sueldo medio de una persona en Cuba es de 400 pesos cubanos (unos 16 CUC o 14 euros al mes). Seguimos. ¿Tienen huevos? No, hace 15 días que no hay ni uno. ¿Y patatas? Se las llevaron todas pa’Haití, no hay. Nos vamos a una TRD (Tiendas recaudadoras de divisas), lugares donde se paga solamente con CUC y se compran más variedad de productos, y adquiero una lata de salsa de tomate por 2 CUC con etiqueta italiana que se alza sola en uno de los estantes del establecimiento. Me pregunto cómo ha debido de llegar hasta allí aquella lata donde leo “sugo di pomodoro”. Adquiero leche y más aceite. No hay mantequilla.
Curar y quedarse
Me he puesto enferma. Llamada a la casa del médico de familia. A 3 cuadras está la consulta que a su vez es también vivienda. La sala, iluminada y limpia, pero denotando la precariedad más grande. Entre las paredes desconchadas (siempre hay paredes desconchadas, porque escasean los materiales para arreglar las casas) me atiende una mujer muy profesional y amable que enseguida atina con mi dolencia. Es la doctora. No hay enfermera que atienda el teléfono, o a los pacientes recién llegados. Me mira. Necesitas un antibiótico. Llama a la farmacia. Lo tienen, menos mal, porque no siempre podemos encontrarlo. Te hago dos recetas a nombre de personas locales, pero ojo que es muy caro. De camino a la farmacia saco un billete de 20 pesos cubanos (0,70 euros). No creo que cueste tan caro me dice Gisela que me acompaña a la farmacia. Al final cuesta 22 pesos. Qué caro piensa ella. Qué barato, pienso yo.
Ser médico es una de las profesiones más difíciles en Cuba. En el trayecto a Viñales, un lugar “guiri” por excelencia, recojo a dos de ellos. El primero, que me ayuda cambiar una rueda porque pinchamos al enganchar un socavón en la autopista, vuelve a Pinar del Río, la ciudad en la que vive, después de hacer consultas cerca de La Habana. Hacía autostop en una confluencia de la autopista, con su bata blanca y el fonendoscopio alrededor del cuello, porque no le dan medios para moverse, aunque tenga que hacerlo. El segundo, recogido en el trayecto Pinar-Viñales, lleva todo el día sin probar bocado, ha asistido a innumerables pacientes por el irrisorio salario de 25 pesos cubanos al día, o un CUC, (unos 0.80 euros). Tiene amigos en Barcelona que ganan 4000 euros al mes y le gustaría irse para allá, pero no puede, no le dan permiso. Sería la hecatombe para la sociedad cubana, así que el gobierno opta por, de nuevo, coartar la libertad de las personas prohibiéndoles la opción de salir y probar suerte en el otro lado.
El sueño de volar
Me invitan a salir a una discotemba, el apelativo equivalente a “disco de carrozas con música de los 80 y 90”. Me convocan a las 16h. El precio de la entrada es de 50 pesos cubanos (2 CUC o 1,8 euros). Por la noche vale 10 CUC así que los nacionales optan por divertirse por la tarde. Y entramos, y todo fluye en ambiente salsero y de discoteca. Un animador con micrófono comenta cada pieza que un DJ va escogiendo, hasta llegar a una canción que comienza con la melodía de “Voyage, voyage” de Desireless, pero en este caso en español. “Esta canción va especialmente dedicada a aquellos cubanos afortunados que tienen (mueca y sonrisa)… VISA. Solo los que saben me entienden”. Y guiña el ojo. Y el público empieza a bailar y se exalta cuando se acerca el estribillo tarareando la versión cubana: “vuela, vuela, con tu imaginación, volando encontrarás un nuevo mundo, tan sólo déjate llevar, si no puedes volar de verdad”. Me estremezco y me invade una sensación de claustrofobia, pero inmediatamente me dejo llevar por el optimismo resignado del que afortunadamente parece disponer todo el mundo, al menos en este momento en la pista, y sigo bailando.
¿Transporte? Ja, ja…
Si hay algo que llama la atención del visitante nada más pisar suelo cubano son los coches. No me equivoco si afirmo con rotundidad que un 75 % de los carros tienen más de 30 años, y muchos de ellos son mastodontes de los años 40 que funcionan con piezas inverosímiles. Aprendo que bastantes son verdaderos taxis para los nacionales (los llaman almendrones) de forma que hacen rutas concretas y la gente los para por el camino. Su precio, 10 ó 20 pesos cubanos (0.4 ó 0,80 eu). Se alimentan de petróleo, gastan y contaminan sin mesura, y se estropean habitualmente. Las piezas en desuso son sustituidas por artefactos manufacturados caseros o inventados con una creatividad que caracteriza a los cubanos. Pero aunque existan, no sirven de mucho, porque la gente de a pie no se puede permitir gastar casi 1 euro diario en cada trayecto, así que los almendrones son circunstanciales y acostumbran a tomar la guagua, que vale 0.40 pesos cubanos, que va a rebosar, que no llega a todas partes, y que aunque la flota sea seminueva (hace dos años que los chinos se introdujeron con fuerza en el mercado y proveyeron de autobuses) empezará a decaer de aquí a poco porque el mantenimiento es casi nulo. El tren casi no existe. Tarda 35 horas en recorrer la isla, sólo tiene una vía y no es útil. Si deseas ir de La Habana a Santa Cruz, un pueblo costero situado a 35 Km, debes tomar dos guaguas, un camioncito y los dos últimos kilómetros a dedo demorándote 2 horas y media. El recorrido, en auto, se hace en media hora, pero ¿quién puede permitirse tener un carro propio? La gasolina es más cara que en España (1,3 CUC / litro), y si recordamos que el sueldo medio mensual de un cubano es de 12 CUC al mes, encontraremos inverosímil e inalcanzable, no solamente tener un carro propio, sino recorrer siquiera 20 kilómetros. Así que mucha gente opta por hacer “autostop” cada día, de forma que es habitual encontrar centenares de personas en los bordes de las carreteras con cara de resignación y tedio esperando que un carro le lleve.
La dialéctica de la revolución
Falta voluntad política para mejorar el transporte, y falta voluntad política para mejorar la situación de bienestar de la población en general. Porque la política es el eje de todo y el eje de nada. El partido y la revolución son un manto propagandístico que inunda todas las esquinas, te abraza en todos los mensajes y se incorpora de forma casi folclórica a los medios de comunicación, la educación, los libros, o cualquier expresión cultural o artística que se precie. En las librerías escasea la ficción para dar paso a abundante material ideológico, las carreteras están salpicadas de carteles patrióticos, exacerbados y antiyankees que resultan ridículos, no solamente para el visitante sino, ya por fin, para los propios cubanos que ven cómo “la revolución” se ha convertido en un ente ajeno a ellos que pulula por algún lugar por encima del pueblo sin rozar la realidad de la gente, pero que es un peso pesado real con el que hay que convivir, porque la represión existe y sigue generando mucho miedo. Hay policías en todas partes. Pueden haber espías o “delegados” en cualquier rincón, y escuchar una conversación o un chiste disonante con el discurso castrista, puede ser motivo de multa o incluso cárcel.
Para el turista (su principal valor) este poder represivo es una tranquilidad, porque garantiza seguridad, pero es que el turista medio que visita los cayos o las playas de arena blanca, se balancea a ritmo de son y se toma un mojito al sol, no se entera de nada. Al volver tengo que ayudar a un iluso español que quiere pagar con VISA el “derecho” a pasar un cuadro que ha comprado en la Habana Vieja. Le dejo 20 euros para que unte a la aduanera que, con un guiño simpático, me agradece la intervención.
“Sociolismo”
Alguien me dice que el gobierno practica socialismo, y el pueblo “sociolismo”. Y es que sólo es posible sobrevivir trapicheando en cadena. Un ejemplo: Una mujer instala una antena parabólica en su casa, algo que está totalmente prohibido; avisa a sus vecinos y cobra a los interesados en recibir el servicio el montante de 10 CUC al mes (a su vez, quien sea capaz de pagarlos, trapichea también) para verla; el día que hay inspección, la mujer se entera porque un policía de la inspección la avisa previamente; el policía cobra 50 CUC por la llamada; la mujer desmonta el chiringuito ese día y hecha la ley, hecha la trampa. De ejemplos como este tengo el bolsillo lleno. Quizás un día los transcribo…
El modelo de negocio cubano
Hace un mes salió la ley que anuncia que hay vía libre a montar negocios propios, pero con condiciones especiales que se resumen en esta: pago del 50% de los beneficios al estado desde el primer día. ¿Es esta una propuesta de un estado que desea que estos negocios prosperen, o es la propuesta de un estado arruinado, que va a echar a 800.000 personas en marzo de 2011 y 1 millón más a lo largo del año, y que está improvisando para intentar evitar que el barco se hunda?
Lo cierto es que esta ley ha abierto una ligera esperanza para muchas personas. Incluso un insigne profesor octogenario que promueve tertulias interesantísimas en su casa cada lunes, ha pensado en abrir una pizzería con un avispado muchacho del barrio que ni tan siquiera conoce, por cierto, la receta de la susodicha pizza. Sin embargo la idea de hacer dinero, por fin, sin tener que llevar a cabo acciones extraoficiales, ilumina a cualquiera, y el profesor ya tiene lo más importante: el local está encima de un almacén de harina, un ingrediente cuya consecución es uno de los problemas más difíciles de resolver ya que el gobierno controla su distribución y prohíbe que se venda para otros fines que no sea el abastecimiento básico de la población (¿alguien lo entiende?). Intento por todos los medios persuadir al profesor para que no le ponga a su pizzería el nombre de “Domino’s Pizza”. Quedo en que le envío un business plan, la receta de la pizza y una propuesta de marca a través de un amigo que asiste al encuentro con él, un activista muy comprometido que vive en México que está de paso por La Habana.
Comunicarse con el exterior
El profesor no tiene correo electrónico. Y es que no se puede acceder a Internet fácilmente. Los precios son prohibitivos y el sistema de Red es una Intranet nacional que está filtrada y es lentísima. Ello implica que la mayoría de la gente joven no tenga correo electrónico, y conozca solamente las noticias del mundo sesgadas. Sin embargo saben e intuyen lo que hay fuera, y el mensaje revolucionario es tan viejo y tan obsoleto, que resulta ya una cantarela absurda para la mayor parte de la juventud que sueña con salir y volar creándose en su fuero interno una fantasía acerca de lo fácil que puede resultar todo fuera. Un socorrista de la playa de Guarabo me da su teléfono móvil después de charlar extensamente sobre el deterioro de esa playa y sobre la falta de respeto de la gente al cuidado del medio ambiente, un incivismo provocado por una exacerbada preocupación por inculcar el manto revolucionario desde la raíz. El joven no me puede dar su correo electrónico porque no lo tiene. Sé que soy para él una especie de nexo con el mundo. En el aeropuerto le mando un mensaje y él me responde. Se habrá gastado la mitad de su humilde salario con ese SMS.
Lo más lindo de la isla
Coincido en la isla con el equipo de Mundo Latino, la productora de la televisión estatal que genera reportajes fantásticos sobre los espacios naturales que tiene Cuba. Un equipo de lo más profesional y el resultado de su trabajo es de una calidad excelente. Me acompañan y me llevan a conocer lugares hermosos del sur, y visitamos un centro de recuperación del majuarí, un lugar cuyos trabajadores incansables se abastecen de lo que producen ellos mismos y resultan un verdadero ejemplo de sostenibilidad y pasión por su trabajo. El cuidador me cuenta convencido lo que están haciendo, pero ante la pregunta de sacar algún tipo de beneficio económico que revierta directamente en el mantenimiento del centro, me mira horrorizado como si esta pequeña cuña de marketing (muy útil bajo mi punto de vista), estuviera demonizada. También conozco personas que pueden vivir tranquilamente porque han sabido desarrollar actividades turísticas interesantes con una profesionalidad excepcional que los visitantes aprecian. El submarinismo por ejemplo, tiene buena prensa, pero no es algo gratuito. No solamente los fondos marinos son una belleza, sino que algunas playas gozan de excelentes equipos que saben de qué pie calzan. Decido que volveré 😉
En fin…
Aquellos que marcharon, suelen enviar divisas de forma periódica. Pero esta actitud paternalista involuntaria genera falsas expectativas por un lado y un cierto apoltronamiento por el otro. Es necesario pues un cambio, pero un cambio que está por encima de la introducción de la democracia. Hay que abrir fronteras, hay que dejar libertad. Existe el riesgo de que si se continua con el juego sucio para sobrevivir se comiencen a generar líneas paralelas de corrupción mucho más fuertes que las actuales, en las que los que mandan se embolsan lo justo para disimular y los que no mandan lo justo para vivir, y que se empiecen a generar olas de violencia y desigualdades sociales acuciantes. Te invaden ganas de gritar a los cuatro vientos: dejad libertad para que la gente vuele si quiere, dad oportunidades para desarrollar ideas en lugar de impedirlas, dejaos asesorar por personas que sabrán renovar el sistema, empezad a producir de forma interna sin controles burocráticos absurdos, pensad caray…
Las personas que viven en esta isla son geniales. Abiertas, simpáticas, salerosas, ingeniosas, creativas y cultas. Así que me permito terminar repitiendo textualmente las palabras que me transmite una noche, mientras me tomo un mojito casero, un coronel retirado (a la fuerza) que, tras dedicarle toda su vida a la causa, se ha dado cuenta de la realidad y está totalmente desencantado: ¿Por qué no dejan los viejos la revolución de una vez y se van?