Ser madre y no morir en el intento

La lucha acérrima contra los piojos: un fenómeno social interesante

(Si hace 10 años hubiesen estado las redes sociales tan candentes como ahora, seguramente habría hecho público el diario de abordo familiar. Destaco un fragmento de este post familiar original  porque refleja perfectamente la vida de una madre autónoma sola con 3 hijos de 6, 10 y 12 años, a la vez que habla )

Hoy, día 12 de octubre de 2010, a las 10.47 estamos los 4 en el comedor. A saber:

Nil está jugando a la NintenDOS espatarrado en el sofá nuevo, concretamente a un juego de Mario Cars que también ha enganchado un pelín a Lúa, y que Nil se ha empeñado en enseñarme hace 20 minutos cuando yo me disponía a coger mi notebook para escribir un rato. Le he dicho que lo que menos me apetecía del mundo en ese momento era conocer las vicisitudes de Mario en una pantalla mini, ante lo cual ha reaccionado como siempre: teatralmente y con un dramatismo exagerado, como si de una tragedia griega se tratara. Sin inmutarme (creo) le he confiscado la Nintendo e inmediatamente ha recobrado su expresión habitual, y me ha dicho que «vaaaale, no pasa nada». Pero hasta que no me ha ofrecido un discursito medianamente sincero de que tiene que aprender a respetar el espacio de los demás, no se la he devuelto. Acaba de venir a darme un beso en la mejilla. Sé que me quiere mucho, pero es el que más lo exterioriza, y, como a mí, le cogen «ataques de amor» que se demuestran con muchos abrazos y besos y «tequieros» seguidos durante 5 minutos largos. A veces pienso que le doy un poquito de pena, sobre todo en momentos de especial ajetreo para mí tipo: llegar de currar, bajar a los pakis a comprar «algo», hacer la cena deprisa y corriendo, mandar a Manu mil veces que recoja el Lego, pedirle a Nil mil veces que se bañe, indicarle a Lúa mil veces que apague el Facebook, y decir que tengo que tener acabada para el día siguiente una presentación de 200 diapositivas. En medio de todo ese barullo, se le ablanda el alma, encuentra un momento transparente para hacer parar las cosas y decirme que me quiere :).. y seguidamente hacer diligentemente aquello que acabo de pedirle por enésima vez.

Mientras estaba escribiendo esto, se han cambiado las ternas en el comedor. Manu estaba sentado en una silla bebiendo el batido de plátano, leche y galleta, es decir, su desayuno habitual, y ha venido a mí para decirme que le dé un «bezzssso» (últimamente también anda muy cariñoso y además arrastra un poco la «s»). Se desplaza con dos «tutos» como cuando era muy pequeñito (o sea, los trapos originarios de Chile que históricamente lleva usando para dormir). Cuando no tiene algo específico que hacer me sigue como un pollito a su mamá gallina, interés que desaparece instantáneamente cuando descubre alguna actividad novedosa, como por ejemplo, un experimento en el baño con mejunjes (he tenido que mirar en el diccionario cómo se escribe) de todo tipo, o un montaje con bolígrafos, palillos y papel de celo o lana que semejan rayos láser y debes saltar por encima de ellos para no acalambrarte. Pero ahora está aquí y le he dicho que había que lavarse el pelo. Porque por enésima vez le hice el tratamiento «antipiojillos», ayer por la noche.

A estos bichos los trato con un diminutivo, pero tienen un poder sobrenatural. Se reproducen y viven en condiciones de los más inóspitas, sobreviven a los tratamientos más agresivos y largos (obsérvese que ya dejo el producto toda la noche en la cabeza), y es algo que no consigo entender. Hace dos días fui a la farmacia a pedir Paramix. Después de 11 años de convivencia con las liendres, sé más de estos productos farmacéuticos que los propios visitadores médicos. Y no sirven ni peines electrificantes, ni bálsamos despegadores de huevos, ni champúes que huelen a rayos, ni venenos despiadados. Sólo Paranix es útil, un espray que huele a anís que ahoga a los bichos y los deja bien muertos (saco cadáveres y no seres moribundos cuando paso el peine ese de púas de metal tan juntas y duras ). El vendedor me ofrecía todo tipo de ungüentos, pero en seguida clichó mi cara de madre experta y apuntó diligentemente el nombre del producto para pedirlo e incluso recomendarlo a la típica persona que se encuentra con los piojos por primera vez en su vida y se escandaliza.

De hecho estos insectos son el eje de un fenómeno social interesante. Todos los niños los tienen, pero nadie lo dice. Sin embargo si una le quita hierro al asunto, en una conversción de calle en la puerta del cole, al final todas (o cási todas) las personas que intervienen confiensan que ellas también han tenido (o tienen) bichitos en el pelo. Hace unos días recibo un correo de una madre de la clase de Manu diciendo que «hi ha polls i que si us plau fem el tractament»… Yo llevo haciendo el tratamiento 11 años… Siempre los hago desaparecer, pero SIEMPRE VUELVEN después de un mes. Siempre… Y digo yo que si a nuestras cabezas vuelven, deben volver necesariamente a las cabezas de los demás. ¿Por qué este empeño de la gente en negar lo obvio? Todo el mundo sabe que están ahí. Basta acercarse a las sienes de cualquier niño o niña para distinguir un huevecillo pegado. Yo propongo que no nos ocultemos más y hagamos piña, unamos fuerzas. No sé muy bien para qué, pero al menos no habrá que poner energía en disimular, y podemos pnerle más ahinco al combate :).

Y ahora es Lúa la que está a mi lado. Está trajinando con mi Iphone nuevo en el Facebook, otro fenómeno social que nos tiene a todos enganchados, de manera que andamos detrás de todos los aparatos de conexión de la casa (entiéndase, el portátil, el notebook y el Iphone) para concer al instante quién ha dicho qué, cómo les va a los amigos o qué opinan de la foto que subí hace tan solo una hora. Así pues, en esta coyuntura que todavía yo no tengo posibilidad de controlar porque yo misma (lo confieso) he caído en las fauces del consumo exacerbado de red social, no puedo dar ejemplo de un uso correcto, así que personalemnte me siento como en la cuerda floja a la vez que me sorporendo cada vez más de las posibilidades y el poder que alcanza una herramienta de este tipo. Así por ejemplo, si yo culego un enlace a una foto muy bonita de unos pájaros volando dibujando una sonrisa en el cielo y escribo a modo de acompañamiento-saludo-pie de foto: Good morning my friends!, resulta que, al cabo de 3 horas veo que le gusta a una alemana que conocí en una playa este verano y sólo he visto 1 día en mi vida, a un amigo del cole que hace 25 años que no veo, a mi amiga del alma, y a un chico polaco colega de Gianluca que es un encanto. Todos juntos dicen «me gusta», de manera que esa foto está uniendo en uns solo concepto a personas de diferente índole. Un eje común para gente diversa. «Oh qué bonito..» pienso para mis adentros, pero de repente, alguien que tienes como amigo que no te hace mucha gracia porque siempre te pareció una persona poco interesante e insulsa, pero que descubrió tu existencia un día por casualidad y a la que tú, finalmente por piedad, aceptaste después de unos meses de tenerla ahí en stand by sin saber qué hacer, pues esta persona va y escribe una comentario de lo más idiota… un comentario que lee la alemana, el colega del cole, tu amiga y el chico encantador, y se disuelve todo el encanto, se deshace el equilibrio y el día se torna gris.

Y después de releer por encima lo que he escrito, acabo de decidir darle un giro a este blog, porque para hablar de los chicos es absolutamente necesario que hable de mí. Y es que losbustospedragosa.blogspot.com ya no es tan sólo un diario de a bordo, como apuntaba en otro post, sino una mezcla de libro de reflexiones y una herramienta de terapia personal (me refiero a mí) que canaliza, de forma un poco literaria, todo aquello que tengo la necesidad de contar. ¿A quién? A nadie en particular. Cuando una escribe, no lo hace pensando en un destinatario en concreto, pero sí en que tiene que ser inteligible en cuerpo y alma. Aunque la family lo primero :)…

Ci vediamo! Y nos vemos la siguiente